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martes, 24 de abril de 2012

Entre barrotes de Fierro.

Cada pequeño paso es un nuevo universo que descubro a regañadientes, tentado por la pereza que acompaña el querer levantar los pies, sabiendo que en principio arrastrarlos es más fácil, pero al final se desgastan las sandalias.
Así, con la decisión de caminar, inició la travesía hacia rutas desconocidas, esquivando piedras para atrapar peces con una Red y llevarlos al cauce del río. Red que por pequeña que fuera no podía ser llevada por uno solo, Red que necesitaba que fuera llevada por seis pares de manos esa mañana, manos conscientes del reto, manos temerosas del rechazo, manos deseosas de tender esa Red en aquel pequeño universo, cosa imposible de lograr en ese fragmento de estela fugaz. 
Pie tras pie cortamos la maleza para hacer el Camino abierto, tres trochas hicimos hacia rumbos diferentes con un mismo destino.
Pie tras pie cortamos la maleza, quince puertas se abrieron antes de que la estrella espectral nos sonriera con su mejor brillo. 
Pie tras pie cortamos la maleza en círculos, nueve veces pasamos enfrente de una ventana que no reflejaba  luz alguna, pero nos llamaba con insistencia.
Pie tras pie cortamos la maleza y el miedo nos azotaba para no acercarnos a esa ventana llena de telarañas, mugre, olvido y desesperanza.
Miles de obstáculos colocamos frente a la ventana para no llegar...
Miles de frases sin sentido colocamos frente a la ventana para no ver...
Miles de angustias con espinas colocamos frente a la ventana para no tocar...
Miles de  vidrios rotos colocamos frente a la ventana para no pisar...
Miles de clavos colocamos frente a la ventana para no abrir...
Sólo una voz guiada por lo Divino se escuchaba en aquel fragmento de estela fugaz, sólo una misión se habría de cumplir, sólo ÉL podría tender esa Red.
Empujados por ÉL movimos los obstáculos para llegar...
Empujados por ÉL callamos para ver...
Empujados por ÉL cortamos las espinas para tocar...
Empujados por ÉL barrimos los vidrios rotos para pisar...
Empujados por ÉL con un martillo abrimos la ventana.
Arrancamos la telaraña, limpiamos el cristal y entramos por esa ventana estrecha, larga y oscura. Rodamos hacia aquella esquina que nos esperaba. Allí encontramos a José Altagracia, atrapado en el Limbo, atrapado entre barrotes de Fierro. José Altagracia quien él y sólo él conocia su nombre, a quien temíamos sin verlo, de quien huíamos sin conocerlo, quien nos llamaba. Ahí, virtualmente de rodillas enfrente suyo, se borraron todas nuestros temores. Ahí, con los brazos abiertos, nos preñamos de dudas: 
Lo sacamos de ese Limbo...?
Rompemos los barrotes...?
Le damos de comer...?
Le limpiamos el rostro...?
Lo vestimos...?
Lo abrazamos o simplemente tendemos la Red ?
No hizo falta elegir respuestas, hacer lo correcto o actuar como pescadores. José Altagracia tendió la red sobre nosotros, nos vistió de amor, nos limpió el rostro para que pudiésemos ver al hijo del Padre que habitaba en él, nos dió de comer Paz, rompió los barrotes que nos distanciaban y nos llevó a pasear por todo el Limbo al cual pertenece.
Al salir por aquella estrecha y lejana ventana sólo pasaba por esa delgada capa de razón estas palabras: 
"Tan corto el tiempo, tan poca red, tantos peces, tantas manos y sólo atrapamos unos cuantos".
Dentro de "unos cuantos" estábamos nosotros mismos.
Todo esto me enseñó a que nunca se tiene demasiada Red, nunca se tiene poca Red, siempre se tiene la necesaria para pescar.
Según la Divina Comedia:  "Los que están en el Limbo no sufren tormento alguno, salvo el saber que estarán allí para siempre". No estoy seguro de que lado de la ventana estamos, de lo que estoy seguro es que en nuestro Limbo los barrotes de fierro lo colocamos nosotros mismos.

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