Un amor inmenso, mezclado con sudor, nos envolvía cual regalo de vida
para recibir, junto a un caldero, la promesa de que Él estaría ahí.
Estaría ahí en cada llama, en cada carcajada, en cada paso.
El humo y la grasa ocultaban las horas.
Y la penumbra nos techó el cielo, nos dejó casi ciegos, pero su Luz nunca nos abandonó
y con cada grano de arroz se hacía más intensa.
Su presencia sigilosa merodeaba por el lugar
y se delataba en cada lágrima que recorría un largo camino hasta acariciar una herida.
Se cocinaban Corazones que emanaban el aroma que le agrada al Padre,
se horneaban corazones para recibir un destello de dulzura dentro del amargo cansancio,
cansancio que se desvanecía con el primer rayo de sol,
que se desvanecía con la ternura de la primera taza de café.
Aquella silla, tan fuerte como un abrazo en la mañana,
tan frágil como una sonrisa espontánea,
tan dulce como un pudín de pan.
Aquella silla que nos aguantó tres días de mañanas largas y noches cortas.
Aquella silla, con sus nombres grabados,
es la muestra de amor-humildad mas hermosa que mi corazón haya sentido jamás.
Fuimos a dar tanto amor que al final recibimos más de lo que podiamos dar.
Del 53 me quedo con el amor que recibí y las lágrimas que derramé,
Del 53 quedan las ansias de volver a estar allí, pero...
Será en otro momento,
será en otro lugar,
serán otros peces,
será distinto el calor,
será distinto el fuego,
será siempre la misma silla.


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