Lucas 15, 11-31
Siempre me ha inquietado la razón por la cual Jesús nos habla en parábolas (Mt 13, 10-15), personalmente pienso en que ÉL quiere que nosotros razonemos en nuestra Fé (Fides et Ratio, Juan Pablo II, 1998).
Si profundizamos en cada parábola de Jesús, encontraremos múltiples mensajes que enriquecen nuestras vidas. Por eso cada día La Palabra nos revela mensajes diferentes.
Esta parábola del hijo pródigo revela la debilidad de Jesús por nosotros los pecadores, más aun por los que se adentran a las profundidades de la vida mundana. La vertiente más conocida por todos sobre esta parábola es la que desnuda la grandeza de Dios y su gran misericordia ante todos nuestros hermanos que están alejados de ÉL. Tiene los brazos abiertos para recibirlos a su regreso y todo el amor para darles.
Esto traería varias preguntas que se pueden resumir en una: Tengo que pecar más, ser un pecador irreverente, para que mi Señor Jesús me ame más? Aquí mi parte favorita Lc 15, 29-31, el reproche de “El hijo que siempre está” y la respuesta de su padre: “Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo”. Nosotros los hijos que estamos cerca de ÉL no tenemos por qué sentirnos relegados o marginados cuando se celebra la llegada de un hermano a nuestra comunidad, o cuando se le presta mayor atención a aquel hermano que más lo necesita, porque ya ÉL nos lo entrega todo. Debemos de celebrar y sentir gozo cuando ese momento llega, pero además debemos de ser propulsores de que esos hermanos alejados se reencuentren con el Padre y vestirnos todos de fiesta para proclamar la grandeza del Señor. El cambio solo se logra si nosotros lo provocamos.

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